martes, 11 de marzo de 2014

Crónicas de una inmigración anunciada


Esta historia que os voy a contar es la mía. O mejor dicho, la nuestra. Vamos, la de mi familia. Como tantas otras que he escuchado a lo largo de estos últimos meses, no habla de ni de grandes gestas, ni de magnas hazañas. En ella no aparecen intrépidos protagonistas que derrotan a legendarios dragones, ni príncipes que se baten en duelo con abyectos villanos, jugándose el pescuezo para rescatar princesas durmientes o dormidas, que para el caso, lo mismo es. No negaré que, a mi parecer, algo de heroico contienen estas páginas. Todo lo heroico que pueda suponer seguir luchando en la batalla del día a día. Todo lo osado que pueda resultar no rendirse jamás ante la adversidad, y todo lo delirantemente hermoso que subyace en el hecho de aprovechar cada bache en el camino, cada desafortunada caída o cada lamentable accidente, para respirar hondo, tomar impulso y levantarse con más empeño y toda la determinación de seguir adelante sin echar la vista atrás. Bueno, en todo caso quizás mirando de vez en cuando, pero siempre a través del retrovisor. Todo esto y más lo podréis descubrir y juzgar vosotros mismos más adelante. Para ello os invito a que sigáis leyendo.

Todo empezó hace mucho, mucho tiempo. Primero fue el Big Bang, y luego hubo algo que los científicos convinieron en llamar "Sopa Primigenia", a la que apenas existen probabilidades de que denominaran de ese modo por el asombroso parecido que hubiere presentado con un nutritivo caldo que acostumbrase a guisar una tal "prima Eugenia" de alguno de los científicos presentes en aquel entonces. Pero como no me quiero desviar del asunto que nos ocupa y dado que la historia que pretendo narrar no data del Pleistoceno, sino que más bien se enmarca dentro de un período bastante más reciente, vamos a adelantar unos cientos de miles de millones de años para centrar un poquito más el tema. Comencemos pues, esta vez ya sí.
 

 

2012 y 2013 no son precisamente años que se van a recordar con especial cariño en el seno de nuestra familia. Mi padre solía decir aquello de "cuando la fortuna te dé la espalda, aprovecha para darle una colleja". Pues bien, se ve que durante esos años la fortuna debió de haberse puesto un collarín de acero. Con pinchos. Todo marchaba realmente mal, y el futuro se perfilaba de un color negro azabache oscuro, bastante más oscuro todavía que el negro azabache claro. Un día llegó papá a casa y empezó a discutir, como de costumbre, con mamá. Tardó apenas algunos minutos en comprender que ella no estaba. Esperó a que mamá llegase, y entonces inició otra discusión, diferente pero igualmente apasionada a la que había protagonizado en solitario. Os aseguro que estuvo mucho más convincente y brillante en su primera intervención, pues su oratoria es más fresca y fluida cuando no sufre las constantes interrupciones propias de un diálogo. A papá le gusta tener razón. Y eso no tendría por qué ser un problema si a mamá no le gustase exactamente lo mismo tanto como a él. Son así. Yo creo que en el fondo lo que les pierde no es saber que tienen la razón (ambos están convencidos de que así es), sino que por encima de todo, lo que les entusiasma es que el otro se la dé. Tengo la sensación de que lo practican a modo de deporte. Y son muy buenos. Realmente, si hubiera una competición de discutir, serían campeones seguro.

El caso es que papá dijo que la situación económica y laboral era malísima y que la única solución que contemplaba era la de emprender el camino de la inmigración hacia Alemania o Suiza, aunque para ello fuera imprescindible aprender previamente alemán. Papá aseguró que iba a aprender alemán en unos meses. Y cuando papá promete que va a hacer algo, lo hace. O al menos eso dice él. Y en parte es verdad, porque una vez decidió que iba a dejar de fumar y lo consiguió. Pero por otro lado, hace meses que no deja de decir que va a llevar a mamá a IKEA, y eso todavía no ha sucedido. A veces creo que papá es un ser tremendamente complejo y contradictorio, pero sé que si se lo dijera se sentiría muy orgulloso de mí y a la vez sumamente halagado. Además, seguro que aprovecharía la ocasión para contarme una historia sobre la complejidad y dicotomía polar del ser humano, con datos, estadísticas, y montones de argumentos demoledores y convincentes. Y eso es algo que no lo quisiera yo de momento por nada del mundo.

Mamá se quedó durante unos instantes sin palabras, cosa muy inusual en ella. De hecho, papá se preocupó muchísimo, pues según él, el día que mamá no diga nada será el principio del fin del mundo. Aunque yo creo que cuando dice eso emplea de manera algo zafia y poco sutil la ironía. Al cabo de unos minutos, cuando mamá recuperó el habla y por fin la discusión pudo seguir su curso natural, mamá puso el grito en el cielo al interpretar erróneamente, tal vez presa de los nervios y la angustia, que Suiza quedaba enclavada en la península de Escandinavia, entre Noruega y Finlandia. A mamá es que le preocupa muchísimo pasar frío, casi tanto o más que meter la cabeza debajo del agua. Pero éste es un tema del que ya hablaremos en otra ocasión, si es que procede. Tras subsanar el malentendido y localizar en un mapa de Europa la ubicación exacta de Suiza, mamá se tranquilizó un poco, aunque no del todo, pues aprender alemán era una idea que no terminaba de ver de un modo, digamos, tentador.

Pasaron unos pocos meses. Papá cumplió (esta vez sí) su promesa, y con su alemán de andar por casa se dedicó a enviar currículums, cartas de presentación y dossiers con su trabajo realizado a cientos de empresas que ofrecían puestos de empleo tanto en Suiza como en Alemania, postulándose como candidato a ocupar los mismos. La verdad es que papá no lo reconoce con facilidad (mejor dicho, papá no reconoce nada, ni con facilidad ni sin ella), pero aprender alemán como lo hizo, es decir, de manera autodidacta, en casa, y en tan poco tiempo, le sentó muy pero que muy bien, tanto para mantener la cabeza ocupada y alejada de las innumerables preocupaciones que en aquel momento lo atormentaban, como sobre todo para recuperar su ya algo deteriorada autoestima. Durante este tiempo de impás, incertidumbre y zozobra, hablaron muchas veces largo y tendido sobre lo absurdo y penoso de una situación tal que estaba obligando a gente preparada como ellos, con estudios superiores, titulación universitaria, y una gran experiencia laboral a abandonar su casa, su tierra y a su gente, en busca de un nuevo hogar, lejos de todo aquello a lo que pertenecían y de todo lo que consideraban como propio y cotidiano. Pero como dice papá, no elegimos aquello que nos toca vivir, pero sí el modo de afrontarlo. Por mucho que eso lo haya debido de escuchar en cualquier película o leído en algún libro y lo quiera hacer pasar como suyo, la verdad es que no deja de ser menos cierto. Eso hay que reconocerlo.

El caso es que, a finales de abril de 2013, y tras haber recibido un montón de respuestas negativas, papá descubrió que desde una de las empresas a las que había enviado su candidatura mostraban un cierto interés en conocerle. Es poco frecuente en papá, pero incluso él admite que debió de leer el e-mail varias veces para cerciorarse de que lo que ponía era lo que realmente creía que ponía. Cuando se hubo asegurado bien, se serenó y entonces se lo dijo a mamá. A mamá le costó más volver a mantener la calma, tras haberla perdido al recibir la noticia. Mamá es mucho más eufórica y expresiva que papá. O por lo menos se le nota más. Sencillamente creo que se deja llevar más por sus emociones y vive todo con más intensidad, lo bueno tanto como lo malo. A papá eso parece sacarle un poco de quicio, pero en el fondo debe de tratarse de una especie de envidia sana, o a lo mejor no tan sana para él. Yo, la verdad es que tanto, tanto, no puedo saber.

Papá tuvo una entrevista a través de skype, de la cuál sacó en claro varios puntos. Primero: que estaba capacitado para mantener una conversación medianamente fluida en alemán. Segundo: que le pareció entender que querían conocerle personalmente, para lo cual debía viajar en el plazo de una semana a Suiza. Tercero: que el esfuerzo y el sacrificio que había estado haciendo empezaba a dar su fruto.

Papá no se lo pensó mucho, cosa extraña en él. La verdad es que no había mucho sobre lo que meditar. Era apostar a todo o nada. Tanto el vuelo como el alojamiento durante una semana iban a resultar caros, máxime teniendo en cuenta que no le habían garantizado en ningún momento que el puesto de trabajo fuese a ser suyo, pero ¿qué otra cosa podía hacer? Al cabo de unos pocos días se presentó en la sede de la empresa. Allí se reunió con gente, visitó las instalaciones, estuvo algún tiempo siendo instruido para el posible puesto de trabajo que debía desempeñar, y por qué no decirlo, aprovechó para hacer algo de turismo por los alrededores, disfrutando tanto de la belleza del paisaje como de la bondad del clima primaveral de la zona.

Papá regresó a casa sin tener la certeza de si había sido seleccionado para el puesto o no. Pero se le notaba con un ánimo distinto al de los últimos años, como con algo más de confianza en sí mismo y seguro de que si no era ésta, muy pronto encontraría y aprovecharía otra oportunidad. La cuestión es que tanto el destino como su jefe (tiendo a pensar que fue más cosa de su jefe que del destino, aunque cada uno que crea lo que prefiera) quisieron que nuestra suerte alcanzara un punto de inflexión y que empezase a cambiar de una vez, obvia y deseablemente para mejor.

Desde finales de mayo de 2013 mi familia se trasladó al lugar donde actualmente residimos. A Güttingen, en el cantón de Thurgau (Suiza), justo a la orilla del Bodensee. Mamá y papá siguen discutiendo como auténticos campeones, en eso no han cambiado un ápice. Pero ahora papá hace reír mucho a mamá. Papá tiene esa habilidad. Inventa personajes y les da vida para gran disfrute y regocijo de mamá. Me siento muy bien cuando escucho y noto su risa. Y mamá tiene entre otras, una gran virtud. La de cuidar de papá.

Sé que ambos se han esforzado al máximo para darme la posibilidad de tener una vida mejor. Sé que ambos han renunciado a muchos sueños que persiguieron y pelearon durante años para poder disfrutar de una mínima estabilidad. Papá ha dejado el camino sembrado de dolor al tener que apartarse de Paula, su hija, mi hermanita mayor que vive en España y a la que tanto echo de menos. También ha renunciado a su profesión de arquitecto, que con tantísimo esfuerzo consiguió ejercer. Mamá también deja atrás mucho: su pasión, su trabajo y una parte fundamental de su vida, la psicología, que con todo el cariño del mundo desarrolló en el pasado y que ahora tanto añora.

Seguramente os habrá llamado la atención el hecho de que durante todo este tiempo haya estado hablado de papá y mamá, y sin embargo sobre mí no haya dicho ni una sola palabra. Esto tiene una explicación muy sencilla. Resulta que todavía no he nacido, está previsto que lo haga para finales de junio. De hecho, hasta hace un par de días, mamá y papá no sabían todavía si sería chico o chica. Pues bien, mi nombre es Sara y soy fruto del amor y de la fuerza de voluntad de mis padres. Yo me quedo con su ejemplo, el que me están dando antes de nacer. Su esfuerzo, su amor y su no rendirse nunca son un valioso legado que desde ya me pertenece. Nos vemos pronto.
 
 
 

domingo, 27 de octubre de 2013

De ciclos y cambios


Una vez (tal vez dos, a lo sumo tres) escuché decir que lo único constante es el cambio. No recuerdo bien dónde, ni a quién. No sé si fue Aristóteles el que lo dijo por vez primera, pero lo que sí puedo afirmar es que a él no se lo oí pronunciar directamente. De eso estoy casi seguro. Es más, diría que me enteré a través de terceras personas. Supongo que debió de ser en el instituto o en algún bar, que son los sitios donde se aprenden este tipo de cosas.

En realidad hoy no tenía la menor intención de hablar de filósofos griegos, materia de la que por otra parte no tengo gran idea, ni de bares (qué lugares) españoles, cuestión en la que estoy algo más impuesto, y donde el saber (y el sabor) se ingiere en vasos de a un tercio, mientras se practica la barra fija o el baile introspectivo, facetas de las que en próximas ocasiones quizás llegue a contaros algo más.
 
 

Hoy quería hablar de ciclos y cambios, y para ello pensé que sería muy apropiada la imagen de una bicicleta. No se me ocurre mejor forma de ilustrar el momento vital por el que atravieso que con esta bicicleta que sostiene una pared. Todo en la imagen evoca al cambio. El otoño, y con él el paso del tiempo, sugerido a través de la coloración de las hojas. Las ruedas que giran sobre sí mismas y a su vez permiten el movimiento de quien conduce. E incluso la propia pared del edificio, que ya va pidiendo a gritos un cambio de look.

La cuestión es que, entrando de una puta vez en materia, resulta que nos mudamos. Pero no en diciembre, como preveíamos, sino más bien YA. En un par de días, o sea tres, para ser más precisos. Hemos acabado una etapa y empezamos otra. Llegamos aquí hace cinco meses, arrastrando una maleta cargada de sueños, entusiasmo y esperanzas (y muchas horas de aprendizaje de alemán, eso creo que hay que decirlo). Durante estos meses hemos habitado una buhardilla doblemente abuhardillada, que ahora, al mirar alrededor y observarla con los ojos de quien contempla parte de su pasado inmediato, tomo conciencia de que el sacrificio y las renuncias por las que hemos tenido que transitar empiezan a dar su fruto. Un fruto pequeño, si se quiere, que de momento no es más que simiente, pero que a buen seguro acabará floreciendo.

Sois muchos a los que sigo echando muchísimo de menos. Mis amigos, mi familia, mi Paula. Cada vez que escribo, mis dedos lloran las palabras que leéis. Dentro de un mes y cuatro semanas nos veremos de nuevo. Mientras tanto, si no os importa, os llevo conmigo a nuestro nuevo hogar. Es pequeño, pero muy acogedor.
 

domingo, 22 de septiembre de 2013

De hacerse mayor


Yo siempre he creído que el problema de hacerse mayor no es tal, sino que en realidad la gran tragedia es “darse cuenta” de ese fenómeno, en cierto modo, decadente. En muchas ocasiones no seríamos conscientes del inexorable paso del tiempo si no fuese porque algo o alguien viniera a recordárnoslo. Un ejemplo: ser capaz de rememorar alguno de los partidos de fútbol del Mundial 82 es un síntoma evidente de que uno ya va teniendo una edad. Aunque el hecho de conseguir traer a la mente algo que sucedió hace más de 30 años, a su vez, es un claro indicio de que el cerebro sigue estando en plenitud de condiciones y preparado para ser usado, si es que eso fuese necesario alguna vez. Otro ejemplo: que una hija comience la educación secundaria pone de manifiesto que ya ha pasado una serie de años (deprisa, si se quiere, demasiado deprisa) desde que uno tuvo la inmensa alegría (la mayor de las posibles) de iniciar la aventura de ser padre.

Es por este motivo por el que hoy escribo. Paula, esta semana has comenzado a ir al instituto. Al rojo, sí. Al mismo al que fue papá, hace ya algunos años. Ya vas al instituto y, sin embargo, me acuerdo perfectamente de tu primer día de colegio e incluso del primero de tus días en la escuela infantil “Xiquets”. Todo ha ido tan rápido... Sé que para ti quizás no. Lo sé porque yo también fui niño. Aunque te cueste creerlo, no siempre fui calvo natural.

Pero así es el tiempo, un viejo cínico, unas veces absolutamente relativo y otras, arbitrariamente preciso. No sé si te imaginas cuánto quisiera poder estar ahí para abrazarte y desear que todo te vaya bien en esta nueva etapa de tu vida, pero la realidad es que nos separan mil setecientos kilómetros, uno detrás de otro, y no puedo más que tratar de hacerte llegar todo mi amor y mi cariño a través de unas pocas palabras escritas.
 
 

 

Me acuerdo de cuando cumpliste cuatro años e hicimos una casa de papel para guardar tus regalos. Te extrañó mucho que simplemente con unas cuantas hojas consiguiéramos levantar una estructura que se aguantase a sí misma. En realidad con un folio de papel no se consigue gran cosa. Con dos, tampoco. Pero si unes unos cuantos y además de un modo determinado, el resultado puede llegar a ser sorprendente. Únicamente hay que saber cómo.
 
 
 
 
 
 
Yo te animo a que emprendas esta nueva etapa con ese espíritu curioso y soñador que siempre te ha caracterizado. Te invito a que busques la forma de construir tus “alas” para volar. Esas que de pequeña no dejabas de idear y diseñar una y otra vez. Esas que te ayudarán a elevarte y mirar las cosas desde otro punto de vista, tal vez con otra perspectiva. Esas alas que te permitirán llegar hasta donde te propongas. Esas alas son las que, quieras o no, estás empezando a desplegar ya.

Te haces mayor, y yo también. Y hacerse mayor forma parte de este juego que se llama vida. Es algo que no podemos elegir. El modo de aceptar esa condición impuesta es lo que diferencia, muchas veces, a las personas felices de las desgraciadas. Hacerse mayor significa que uno o una sigue existiendo. Y eso supone una felicidad inmensa para todo el que te quiere, incluso desde la distancia.
 
 
 
 
 
 

sábado, 7 de septiembre de 2013

De cuando la vida es como una pila alcalina


 
 
Reinterpretando y aludiendo a la célebre frase de Forrest Gump, diría que la vida es, si no como una caja de bombones, sí como una pila alcalina. Para que funcione se debe saber encontrar el lado positivo. Eso es algo de lo que hay que ocuparse concienzudamente a diario cuando uno pretende empezar de nuevo a construirse una vida en un “ecosistema” diferente. Y digo bien “ecosistema”, porque aunque no lo parezca, el que escribe estas líneas es más “animal de costumbres” de lo que se pueda llegar a imaginar en un principio. Y empleo el término “ecosistema” también porque no me encuentro en condiciones de determinar si como vecinos tenemos más animales que personas o viceversa. Y de hecho, ni siquiera me atrevería a asegurar que algunas (pocas, afortunadamente, muy pocas) de las personas con las que nos hemos topado lleguen a ser tan humanas como las ovejas con las que cada mañana intercambiamos un cordial “Grüezi” o un “Beeee” en un ya más que aceptable dialecto ovino.

Empeñado como estoy en buscarle el lado positivo a la vida, no puedo evitar pensar en “La vida de Brian” (ya sabéis, “Always look at the bright side of life”), y al hacerlo, la sonrisa vuelve a poblar mi semblante. Debo admitir que no siempre es fácil. No siempre encuentro fuerzas para sonreír, para bromear o incluso siquiera para comunicarme con la gente a la que tanto echo de menos. Pero he de reconocer que cada vez van siendo menos los momentos en los que eso ocurre. Tengo un apoyo enorme en mi Mar, que a pesar de lo que su nombre pudiera sugerir, se comporta como un auténtico “Cielo”. A ella quiero darle las gracias por “ponerme las pilas” cada vez que me quedo sin ellas, por aguantar mis momentos de nihilismo agudo y los ratitos de crisis existencial absoluta, en los que me planteo cuestiones tales como qué hacemos aquí, de dónde venimos, quiénes somos realmente, hacia dónde nos dirigimos, o si estamos solos en el Universo. Por cierto, cuando escucho a quienquiera que sea preguntarse si estamos solos en el Universo, me suelen entrar ganas de sugerirle que se pasee una mañana cualquiera del mes de agosto por la playa de Levante de Santa Pola, a ver si le parece que esa es demasiada soledad para un Universo como el nuestro.

Hoy, como seguramente podéis intuir, no me resulta fácil ocultar mi alegría. Por segunda semana consecutiva he podido hablar con mi niña, con mi Paula. Y eso es algo que a uno lo carga de energía muy positiva.
 


domingo, 1 de septiembre de 2013

De cuando el tiempo es lo único que realmente nos pertenece



Tempus tantum nostrum est, o lo que es lo mismo, el tiempo es lo único que realmente nos pertenece, que dijo alguien alguna vez. Y si no lo dijo, por lo menos lo debió de pensar muy seriamente. Supongo.





Hoy he tenido tiempo para pensar. Tiempo para pensar en el tiempo. No. No en el tiempo de “parece que empieza a refrescar, hay que ver cómo viene septiembre”... No. No hablo de ese. Me refiero al tiempo como dimensión en la que nos movemos las personas humanas (y las no tanto) en un único sentido. En el de la vida. Hacia adelante, claro. Por cierto, imagino que estaréis de acuerdo conmigo en que es una verdadera lástima no haber encontrado la tecla de “deshacer” en el “menú de pantalla” del tiempo que tenemos. En ocasiones se echa de menos que nuestra existencia tenga una interface tipo “Microsoft Office”. Pero esto es algo que no tiene que ver con lo que quiero contar, y como ya sabéis, detesto irme por las ramas, pues su arbitraria consistencia leñosa no suele permitir el tránsito por las mismas en unas condiciones que, por la experiencia propia y ajena, garanticen la seguridad igualmente tanto propia como ajena. ¿De qué coño estaba hablando? ¡Ah! ¡Sí! Del tiempo, es verdad.

El caso es que estaba pensando que tres meses no es tanto tiempo. Bueno, según para qué. Para estar aguantando la respiración debajo del agua, tal vez sea demasiado. Eso es algo que no puedo rebatir, obviamente. Pero en referencia a la cuestión que quiero tratar, quizás tres meses es una porción de tiempo relativamente asumible. Resulta que, como probablemente sepáis, llevo tres meses experimentando en mis propias carnes las luces y las sombras de la emigración. Cuando llegué aquí firmé un contrato de alquiler pensando que, tal y como me explicaron mis arrendadores, la duración del mismo ascendía a la cifra de... Exacto, tres meses. Cuál no sería mi sorpresa cuando hace unas semanas me dirigí (iluso de mí) presto y solícito, a comunicar mi decisión de no continuar haciendo uso de la vivienda en la que residimos (por motivos que no procede detallar ahora, pero entre otros destacaría el hecho de que durante dos meses no tuvimos armarios o que hemos estado prácticamente todo el tiempo lavando a mano en la bañera, pues la lavadora no se dignaba a entender el castellano...). Si bien es cierto el hecho de que, efectivamente, la duración del contrato era de tres meses, no quedaba suficientemente especificado que esos tres meses eran automáticamente prorrogables, a no ser que el inquilino avisase con tres meses de antelación. O sea, que para que el contrato hubiera durado justamente esos tres meses, tendría que haber decidido el primer día del mismo que no quería continuar. En definitiva, que nos la han colado, pero bien colada. Pues nada, que en principio habrá que seguir aquí hasta noviembre, a no ser que encontremos a alguien que nos releve en el alquiler, búsqueda en la que estaremos inmersos los próximos días y semanas.

Tres meses se pueden hacer largos. Pero también sé que pasarán. Y cuando concluyan no tendremos que ver nunca jamás la cara de cierta señora. Y esa señora tendrá que seguir viéndosela todas las mañanas en el espejo. Y eso no debe de ser una tarea fácil de soportar, porque “todas las mañanas” sí que es demasiado tiempo.
 
 
 

domingo, 25 de agosto de 2013

De cómo aprender a echar de menos sin sentir dolor




 
Hoy se ha despertado el día con el color de las despedidas. Curiosamente hoy hace exactamente tres meses que este lugar nos dio su particular bienvenida, obsequiándonos con otra fría y gris mañana, allá por el mes de mayo. Llegamos casi sin hacer ruido, cargados con una maleta llena de sueños e ilusiones como único equipaje (más no se permite en las líneas aéreas de bajo coste). Hoy, tres meses después y echando la vista atrás, tomo conciencia de lo difícil que resultó llegar hasta ese punto de partida. Y que sin embargo, las complicaciones reales empezaron sólo entonces, en el preciso instante en que como inmigrantes pusimos el pie en este lugar. Pero de estas cuestiones tal vez hable en otra ocasión.
 
 

Hoy simplemente quería decir que después de estos tres meses sigo echando muchísimo de menos todo lo que he dejado atrás en España, pero por encima de todo añoro a mi pequeña. A mi Paula. Que no pasa un solo día sin que me acuerde de ella y que, en ocasiones, sin saber muy bien cómo, me percato de que agua salada brota a través de mis ojos con la misma facilidad con la que su recuerdo recala en mi mente. Reconozco que no me hallo en condiciones de dar una respuesta racional al título que planteo. Es más, casi me atrevería a afirmar que no se puede echar de menos sin sentir dolor. Sin algo de dolor, en cualquier caso. Quizás la alternativa sea el olvido, aunque ese es un camino que no estoy dispuesto a recorrer.


Desde esta buhardilla doblemente abuhardillada en la que por el momento habito, quiero hacerle llegar todo el amor y el cariño que un padre puede sentir por su hija. Ella sabe que es así, y del mismo modo, sé que ella también se acuerda mucho de mí, a pesar de que no quiera comunicarse conmigo. Sé que no soporta verme triste y por tal motivo ha optado por hacer como que no existo.

 
 
Pero Paula, deberías saber que el dolor, igual que la energía, no se crea ni se destruye, sino que se transforma. Desde luego, tratar de hacer como que no está presente no lo remedia y, ni mucho menos, lo elimina. En todo caso, se acaba convirtiendo en rencor y en odio. En un rencor que se va acumulando y en un odio que acarrearás sobre tu espalda sin razón. Aunque no lo creas, el rencor y el odio no son “mejores” que el dolor de la nostalgia. Ojalá algún día, cuando crezcas un poco más, puedas comprenderlo. No te he abandonado, hija. No estoy aquí como consecuencia de una decisión tomada libremente. Estoy aquí, forzado por las circunstancias, tratando de ganarme la vida porque en España no podía hacerlo. Es así de simple, y así de duro. No espero que lo comprendas hoy. Ni tampoco mañana. Sólo cuando estés preparada para hacerlo, ni antes ni después. Entonces, papá seguirá siendo papá, el mismo que te contaba los cuentos en los que tú eras la protagonista. Hoy no es que haga precisamente un “Mundía” (esta palabra es de Paula), pero seguro que mañana volverá a brillar el sol.

jueves, 15 de agosto de 2013

De cuando la realidad supera a la fricción





A veces la realidad supera a la fricción. ¡Oh, cielos! ¿He dicho fricción? ¡Qué desafortunado contratiempo! A decir verdad, sé que todo el mundo sabe realmente a lo que me refiero. Deben de ser los nervios, que asoman bajo la hoja en blanco. Vamos otra vez al principio.
En ocasiones, la realidad supera a la fruición. Creo que tampoco era esto, aunque cierto sí que es. Al menos, podría ser. Vamos, digo yo... A ver, dejadme que me centre. Ahora. Ya va. Comienzo de nuevo, que esto no tiene por qué ser tan difícil.
A veces la realidad supera a la micción. Esto no va bien en absoluto. Me vais a disculpar, pero creo que me he despistado, o meé despistado... No estoy seguro del todo, pero creo que da lo mismo...
Hay momentos en los que la realidad supera a la dicción. Digo bien. Pero me temo que tampoco era esto lo que estabais pensando. Ni yo.
A veces la realidad supera a la adicción. No. Bueno, sí. Pero no. La verdad es que en estos momentos me cambio a la voz pasiva para confirmar abiertamente que la realidad está siendo superada ampliamente por la frustración. Pero esto no puede quedar así. Creo que este desaguidaso de post merece una breve pero clara explicación.

Lo cierto es que no me puedo concentrar. Mientras escribo (o lo intento) estoy viendo (obviamente con las orejas) en la “SRF”, o lo que es lo mismo, en la “Schweitzer Radio und Fernsehen” una película llamada “Zurück in der Zukunft”, que os sonará más si os digo que en español significa “Regreso al Futuro”. Y lo más curioso de todo es que entiendo lo que dicen (sí, sí, en alemán). Hoy esto es una realidad. Hace seis meses, ficción. Imagino que ya os hacéis una idea.